sábado, 10 de septiembre de 2011

Silverio y la ayakwaska

Sentado en la cocina de mi amigo Froilán tomamos chicha. Mis días en Arajuno se acaban y aunque ya he tomado ayakwaska, no conseguí tener las visiones y la experiencia espiritual que ansiaba, a pesar de haberlo tomado con un hombre sabio que me limpiaba el espíritu mientras la consumía. Por tanto estaba desesperado por volver a tomar.

Allí llega Silverio, padre de Froilán un hombre que sabe cocinar la ayakwaska y que puede ayudarme en mi intención de probar todos los aspectos de la vida cotidiana kichwa. Le expreso mi deseo de hacerlo y le digo que me han dicho que él es bueno en eso. Él me sonríe, divertido y reservado.

- ¿Qué quieres ver con la ayakwaska?

- El futuro – respondo.

Silverio se da la vuelta y se va riendo alegremente de la cocina. Creo que la he cagado con la respuesta.

La ciudad de los diablos

Medio dormido y con el culo dolorido después de una hora por carriles de mala muerte hacia el interior de la selva, llego a Pitacocha. Es el curso bajo del río Oglán, un lugar magnífico. El río aquí es majestuoso, sigue siendo pequeño en comparación a otros como el Arajuno o el Curaray, pero es limpio, es rápido y lleno de vida, un río precioso. Allí pasamos el día cocinando chucula, chicha y yuca, que luego aderezamos con unos peces chupadores de piedras especialmente suculentos llamados carachamas. Plantamos algunas cosas en la chacra, limpiamos la casita, paseamos por el bosque y disfrutamos de un día alejados de los ruidos de Arajuno, que para ser un pueblo enano en mitad de la nada, es bastante ruidoso.

A la tarde, la señora de la casa me habla, mientras bebo deliciosa chucula, que no es otra cosa que papaya y plátano maduro hervidos y posteriormente machacados hasta quedar triturados y mezclados con agua (mucho mejor si se le añade azúcar y canela, aunque esto nunca se lo digáis a un kichwa). Ella es hija de Pablo López, se llama Isabel y me dice que cuando su marido heredó esas tierras al comienzo de su matrimonio, por las noches escuchaban bullicio de gente y ruidos estridentes desde el interior de la selva, cercano a la casa. La mujer y su marido, asustados, preguntaron a un hombre mayor que tenía también su chocita allí cerca. Él les dijo que siempre lo había escuchado, durante toda su vida.

La pareja fue a buscar a Pablo López. Este hombre era un poderoso yaccha (chamán) que había practicado el chamanismo toda su vida, sumiendo a su familia en los sufrimientos propios de un chamán, de pegar a su mujer por padecer los tormentos de los espíritus, no poder dormir por las noches porque gentes de todas las regiones del Ecuador venían a verle y pasaba las noches enteras curando y ayudando a buscar familiares perdidos. Cuando Pablo López llegó a Pitacocha, tomó ayakwaska e hizo el ritual pertinente. Sumido en el trance, el poderoso yaccha observó como toda una ciudad se extendía por los alrededores de la finca. Dice que vio luces, coches, autobuses, gente paseando, altos edificios, etc. Todo eso causaba el estruendo nocturno que molestaba a su familia. Pablo López fue, dirigiendo su ejército a las entrañas de la ciudad y hablando con él líder de los demonios que la habitaban, les amenazo con destruirlos si no cesaban de molestar a su hija. El líder de la ciudad le imploró que no lo hiciera, ya que conocía de los poderes y de los ejércitos que era capaz de reunir Pablo López. Entonces prometiendo no volver a hacer ruido, volvieron a su ciudad e Isabel y su familia pudieron habitar Pitacocha sin ser molestados jamás.

La asamblea

Me siento en la sala de reuniones de ACIA (Asociación de Comunidades Indígenas de Arajuno) y entre muchísimos kichwas, algunos waos y otros shuar, esperamos al comienzo de la asamblea. Hoy viene un ingeniero especializado en minería y petróleo, de la Universidad Central del Ecuador. Se va a discutir la instalación de un pozo petrolero en el Oglán, un pozo que lleva excavado hace más de cuarenta años, pero que nunca se ha explotado y ahora una compañía italiana está a punto de recibir por parte del gobierno los derechos para hacerlo. La asociación está discutiendo que hacer, qué medidas tomar, que exigir a la compañía, de respeto a la naturaleza, de que las comunidades salgan también beneficiadas y no ocurra como en Sucumbíos o en Orellana, donde Texaco Chevron contamino grandes áreas selváticas ocasionando cáncer y malformaciones en niños indígenas, arrasando la fauna y flora. Por su parte, el gobierno izquierdista radical de Rafael Correa elaboró una nueva constitución en 2008 donde otorgaba amplios derechos y reconocimientos a las nacionalidades indígenas. Pero se guardó un as bajo la manga, dijo que los indígenas son dueños de sus territorios ancestrales, pero que el gobierno es dueño de lo que hay debajo de los territorios ancestrales. Por tanto, con esta mundana jugada, Correa se asegura de poder acceder a los pozos petrolíferos de la Amazonía sin intermediarios ni oposición legal.

Las mujeres reparten refrescos y pan entre los asistentes, mientras el ingeniero va soltando el discurso del desarrollo del país y que todos deben contribuir a él, de lo bueno que es el petróleo, que se puede extraer sin causar daño al bosque protector, que el petróleo es necesario y que ahora mismo es la única tecnología accesible por el ser humano además de ser lo que más dinero otorga al estado ecuatoriano. Les instruye en los pormenores de la operación, en los pasos a seguir y en cómo deben actuar frente a las petroleras. Los arajunenses van quedando cada vez más satisfechos en lo que parece una promesa de prosperidad y riqueza para el pueblo, aunque los más avispados no se dan por vencido, pues conocen el carácter de las multinacionales y los estados.

En Asamblea, donde todos colaboran, donde todos hablan y votan, los indígenas del cantón Arajuno deciden el futuro del Oglán y su pervivencia. Y mientras a mí no se me escapa de la mente las palabras de Guarapito, un entrañable yaccha, que en visiones de ayakwaska vio salir sangre de aquel pozo enclavado en el corazón del bosque protector.

Tierra de titanes

Hoy ha llovido todo el día y es maravilloso, prefiero la lluvia y el frescor antes que el calor sofocante de la Amazonía en un día soleado. Al anochecer subo a una pequeña azotea, el lugar más alto de todo Arajuno. Desde allí contemplo como emana desde las profundidades de la selva que rodea el pueblo como una cárcel de libertad espesa, las columnas de vapor que se forman por el intenso calor en el interior de la selva y que evapora los riachuelos formados por la lluvia.

El sol peina las colinas dotando de un color dorado explosivo las copas de los árboles, los pájaros noctámbulos y los insectos van despertando a la nocturnidad mientras un perro lejano persigue ladrando a una motocicleta. Al oeste se intuyen difuminadas por la lejanía las estribaciones andinas, como los cadáveres de antiguos dioses muertos en batalla. En el resto de direcciones, la selva es infinita, sin límite, sobrecogedora en su magnificencia, esa selva indómita que demuestra la inmensidad del cosmos en un manto verde.

Yo allí me quedo, extasiado, contemplado la muerte diaria del sol y como la tierra se va cubriendo con un sudario de niebla emanada de las mismas entrañas del bosque. Y es entonces cuando pienso que en esta tierra los seres humanos somos meros herederos fortuitos y no merecedores de vivir en ella. Desde el primer poblador que puso su pie en el corredor helado del Estrecho de Bering, allá por la lejana Alaska, pasando por los pobladores oceánicos que vinieron en sus barcas y terminando por los posteriores colonizadores europeos o por los obligados y esclavizados africanos. Esta tierra fue diseñada por titanes, para titanes. Todo es a una escala abrumadora, las barreras montañosas que serpentean miles y miles de kilómetros, los innumerables volcanes, la selva inmensa, los ríos gigantes como mares, las cataratas que ahogan la tierra en verdaderas placas continentales sobresalientes, los desiertos secos al eterno, las llanuras sin fin que rivalizan con el ancho océano, los glaciares magníficos, etc.

Me coge la noche que se viste con una niebla espesa convirtiendoArajuno en un pueblo encantado. Comprendo porque los pueblos originarios tienen tanto respeto a la naturaleza, en una tierra donde ésta es dueña y señora, construida a una escala mucho mayor que la del ser humano.América una tierra de titanes.

Los monos

Para un kichwa, cazar no es sólo un placer. Para un kickwa, cazar es parte de su cotidianidad, una forma de enriquecer su dieta con sabrosas proteínas de carne de monte. También es prestigio ante la comunidad, parte de su ritualidad diaria y de su relación con el bosque. El bosque por su parte está lleno de animales que ciertamente son muy gustosos al paladar como el armadillo, la guanta, guatusa, saíno, venado, caimán o monos, entre otros.

Moisés Chimbo es guardabosques del Oglán, donde cuida del bosque protector y mantiene los preceptos del difunto Pablo López sobre mantener el bosque virgen. Lo vigila frente a los cazadores furtivos y a las intromisiones de gentes de otros lugares y de otras comunidades, convirtiéndose Moisés en guardián de primera línea de la naturaleza. Pero Moisés es kichwa.

Cuando Moisés anda por el bosque, sus penetrantes ojos ven mucho más, ve huellas, señales en la maleza, ramas rotas, excrementos y olfatea el aire en busca de señales. Y las encuentra. Para él es imposible no ceder a lo que desde siempre ha vista hacer a sus mayores y en lo que fue educado, y es entonces cuando saca su carabina a pasear.

Aparece por la estación con una pareja de monos que ha abatido no muy lejos de allí.

- ¡Pero Moisés hombre! ¿Qué haces? – le recrimina Fernando, ya que debería ser guardián y guardabosques, no cazador.

Moisés se disculpa y va a su choza, donde su familia recibe el regalo con jolgorio y los familiares felicitan su habilidad. Esa noche comerán un plato especial y todo gracias a Moisés, su puntería y la confusión que siente en sus deberes.