Medio dormido y con el culo dolorido después de una hora por carriles de mala muerte hacia el interior de la selva, llego a Pitacocha. Es el curso bajo del río Oglán, un lugar magnífico. El río aquí es majestuoso, sigue siendo pequeño en comparación a otros como el Arajuno o el Curaray, pero es limpio, es rápido y lleno de vida, un río precioso. Allí pasamos el día cocinando chucula, chicha y yuca, que luego aderezamos con unos peces chupadores de piedras especialmente suculentos llamados carachamas. Plantamos algunas cosas en la chacra, limpiamos la casita, paseamos por el bosque y disfrutamos de un día alejados de los ruidos de Arajuno, que para ser un pueblo enano en mitad de la nada, es bastante ruidoso.
A la tarde, la señora de la casa me habla, mientras bebo deliciosa chucula, que no es otra cosa que papaya y plátano maduro hervidos y posteriormente machacados hasta quedar triturados y mezclados con agua (mucho mejor si se le añade azúcar y canela, aunque esto nunca se lo digáis a un kichwa). Ella es hija de Pablo López, se llama Isabel y me dice que cuando su marido heredó esas tierras al comienzo de su matrimonio, por las noches escuchaban bullicio de gente y ruidos estridentes desde el interior de la selva, cercano a la casa. La mujer y su marido, asustados, preguntaron a un hombre mayor que tenía también su chocita allí cerca. Él les dijo que siempre lo había escuchado, durante toda su vida.
La pareja fue a buscar a Pablo López. Este hombre era un poderoso yaccha (chamán) que había practicado el chamanismo toda su vida, sumiendo a su familia en los sufrimientos propios de un chamán, de pegar a su mujer por padecer los tormentos de los espíritus, no poder dormir por las noches porque gentes de todas las regiones del Ecuador venían a verle y pasaba las noches enteras curando y ayudando a buscar familiares perdidos. Cuando Pablo López llegó a Pitacocha, tomó ayakwaska e hizo el ritual pertinente. Sumido en el trance, el poderoso yaccha observó como toda una ciudad se extendía por los alrededores de la finca. Dice que vio luces, coches, autobuses, gente paseando, altos edificios, etc. Todo eso causaba el estruendo nocturno que molestaba a su familia. Pablo López fue, dirigiendo su ejército a las entrañas de la ciudad y hablando con él líder de los demonios que la habitaban, les amenazo con destruirlos si no cesaban de molestar a su hija. El líder de la ciudad le imploró que no lo hiciera, ya que conocía de los poderes y de los ejércitos que era capaz de reunir Pablo López. Entonces prometiendo no volver a hacer ruido, volvieron a su ciudad e Isabel y su familia pudieron habitar Pitacocha sin ser molestados jamás.
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