sábado, 10 de septiembre de 2011

Samay

En este mundo todo tiene vida y espíritu. El agua nace de las piedras y corre sobre la tierra, alimentando el bosque, subiendo al cielo para que luego la lloren sobre las montañas y valles. Los animales la beben y comen las hierbas y plantas que se nutren de ella, o comen a otros animales que están compuestos de ella.

Las montañas son el hogar del hombre primigenio, de donde salió la vida, aún conserva ciudades y pueblos bajo ella, gentes que aún no han nacido al sol. En las montañas se cruzan los pájaros, loros, tucanes y guacamayos de todos los colores que riegan los cielos rojos, verdes y azules.

Los árboles dan vida, frutos, curas y espiritualidad, los árboles atraen la vida y la vida nace de ellos, agarrando a las nubes y exprimiéndoles las barrigas cargadas de agua. El sol y la luna bailan, él es un gran macho dominante y obsesivo y cuando la luna pasea con él siempre anda callada y no se pone guapa. Por esta razón la luna se le escapa una vez al mes, y se arregla, se atusa los bordes, se peina los cráteres, se coloca su diadema de plata y sonríe a la selva, con esa sonrisa complaciente y triste que poseen los que han visto al mundo morir y nacer tantas veces.

Hay un espíritu, que une todos esos espíritus, que se necesitan, que se usan y relacionan. Esos espíritus que los chamanes convocan, para transformarse en jaguar y correr por la selva, para ser águilas y volar lejos a preguntarle cosas al sabio mar.

Y todo eso, unido, es el Samay. Ahora lo comprendo, ahora formo parte de ello.

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