Un día especialmente caluroso en Arajuno, acababa yo de regresar de la chacra, de plantar maíz, yuca y banano. Hacía un calor terrible y mi garganta estaba realmente seca. Así que decidí disfrutar de un placer tan sencillo y sublime, como el de tomar una cerveza. Salí de la casa y mi familia kichwa me preguntó a donde iba y yo, cansado de beber chicha, le dije que a por una cerveza. Todos se quedaron extrañados y me dijeron que si realmente iba a ir a emborracharme. Les dije que no, que solo iba a beber una botellita y regresar, para refrescarme y saborear el preciado néctar. Pero para ellos eso es inconcebible, porque aquí no se saborea la cerveza, se engulle, entrando dentro de su protocolo social el que hay un solo vaso para todos y hay que beber de un trago, para pasar el vaso al siguiente. Y aquí solo se para de beber cuando la conciencia cae a plomo arrastrada por el alcohol. Ni si quiera el dinero les frena, dejando a deber sumas astronómicas en bebida, pagando con el dinero para la alimentación familiar. Por algo Arajuno, siendo un pueblo de menos de dos mil quinientas personas, siendo uno de los tres lugares más pobres de Ecuador, gasta sus veinticinco mil dólares al año en alcohol, ahogando tristemente su economía familiar en cerveza.
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