Eulalia Chimbo es joven, para los cánones occidentales con solo 35 años aún se puede considerar en la flor de la vida. Pero Eulalia tiene ya cinco hijos y con ellos ha de luchar todos los días para educarlos, aparte lleva la vida en la casa, donde cocina y limpia. Para cualquier mujer eso ya es un trabajo duro y más con tantos hijos pendientes de su atención y cuidados, a los que le es imposible educar en la cultura kichwa por falta, literalmente, de tiempo. También, Eulalia trabaja la chacra para dar de comer a la familia los frutos que arranca de la tierra. Incluso, Eulalia brega con un marido que la engaña con otra mujer frente a sus narices, grito a voces que le hace sonrojar cuando tiene que ir en el pueblo de un lugar a otro por la calle y las personas la miran. El marido a veces le pega y la desprecia sin miramientos. A pesar de todo él no le concede el divorcio que ella tanto ansía. A eso, hay que sumarle el escaso apoyo de su familia, que no ataca ni corrige a su marido porque según su opinión es un buen hombre que trata bien a todo el mundo y eso de la amante, es cosa corriente en cotas tan tropicales. Su marido es bueno con todos menos con ella.
Y así Eulalia parece mayor de lo que es y se ve estropeada, la vida se le ha consumido más rápido de lo normal a base de disgustos e inquietudes nunca resueltas. Pero a pesar de todo Eulalia sueña con salir de Arajuno, de viajar a España, de casarse con un buen hombre que la quiera y olvidar todo, para comenzar otra vez, como si tuviera dieciséis años. Eulalia sonríe con todos los dientes, con el corazón y con los ojos, como si poseyera el secreto de una vida mejor.
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