Hoy es fiesta en San Mariano, una pequeña comunidad muy cerca del municipio. La fiesta es muy modesta y bonita. Al medio día nos sientan en unas mesas y nos sirven un banquete amazónico, compuesto por yuca y banano hervido y mazamorra de carne de presa. A mí me toca un gran pez amazónico en salsa, a mi compañero un trozo de armadillo y a mi otro compañero un poco de saíno que es como un jabalí pero más pequeño. Es entonces cuando llega el alcalde, que ha salido de su gran casa en Arajuno (de las pocas con cristales en las ventanas y cochera para el carro), conduce su 4x4 de lujo y viste sus caras galas al igual que su mujer. La gente lo aprecia porque es kichwa y de la familia López, una de las más prestigiosas de la zona. Le sirven toda la pata entera de una taruga (venado) y la gente lo observa comer alrededor, cuando termina, recoge los restos y los mete en una bolsa para cenar esa noche esa deliciosa carne.
El alcalde es kichwa, pero ha olvidado que lo es. En menos de tres años ha cambiado su pensamiento político y se ha convertido en un político ladrón más. Gasta el dinero de los contribuyentes en tonterías sin sentidos, como una pista de futbol de césped sintético en mitad de Arajuno (y por tanto de la Amazonía, donde la hierba crece y se mantiene sola) o un parque de lujo en el centro del municipio, mientras a las casas les falta agua corriente y la electricidad se va con frecuencia.
Recibe mucho dinero y en tonterías se las gasta, viaja mucho y se codea con las altas esferas políticas de Pastaza. En la sierra a los dirigentes indígenas que se venden los llaman “ponchos dorados” y sin lugar a dudas, el alcalde pertenece a ese exclusivo club.
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